Se cumplen 38 años de su prematura ausencia

En recuerdo de Tomás Prieto de la Cal y Dibildos

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Estampa de un típico toro de Prieto de la Cal.
Estampa de un típico toro de Prieto de la Cal.

Se cumplen estos días el 38 aniversario del prematuro fallecimiento del ganadero Tomás Prieto de la Cal y Dibildos, que fuera propietario del hierro tras adquirirlo en el año 1949 a Marcial Lalanda. La muerte fue consecuencia de un ataque cardíaco en su casa de Madrid. Su viuda y sobre todo su hijo, que sólo tenía nueve años, continúan su legado ganadero.

Vicente Parra.-

     En estos días se han cumplido 38 años del fallecimiento del ganadero onubense Tomás Prieto de la Cal y Dibildos, dejando al frente de la ganadería a su hijo Tomás cuando tenía tan sólo nueve años de edad. En Madrid, donde residía, y a consecuencia de un ataque cardíaco falleció el propietario de la ganadería que pastaba en ‘La Ruiza’ y en ‘La Lobita’, propietario del hierro que había adquirido en el año 1949 a Marcial Lalanda.

     El origen de su ganadería está en Córdoba, donde Florentino Sotomayor la formó con vacas y sementales de Eduardo Miura, cruzando años después con toros de Parladé. En 1932, Sotomayor vendió la ganadería a Fermín Martín Alonso quien, tres años después, la vendió a Marcial Lalanda que la inscribió a nombre de su esposa, Emilia Mejía.

     La ganadería quedó casi completamente extinguida durante la guerra civil y, tras la misma, adquirió un corto número de hembras y un semental de Albaserrada. Diez años después se la vendió a Prieto de la Cal quien, al poco tiempo, la aumentó con un importante número de reses de Veragua, compradas a José Enrique Calderón.

     El señor Prieto de la Cal era además Marqués de Seoane y se encontraba en posesión de la Gran Cruz del Mérito Civil y la del Mérito Agrícola, así como las Cruces del Mérito Militar con distintivo rojo, de la Medahuía, de la Campaña, del Mérito Militar con distintivo blanco y otras condecoraciones.

     Tras su fallecimiento, se hizo cargo de la ganadería su hijo Tomás Francisco, que contaba por entonces con tan sólo nueve años de edad pero, con la ayuda de amigos, especialmente las familias Ordóñez, Dominguín y Bienvenida, dio un nuevo impulso al hierro que, en la actualidad, goza de gran predicamento.

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